Amics de la Universitat Pública

La UPC ¿problema bipolar?

La figura del funcionario se creó en este país en el siglo XIX por consenso, con la convicción de que había que acabar con la práctica de que cuando llegaba un partido al poder, sus trabajadores entrasen en las administraciones, y, cuando salía, comenzase de nuevo el trasiego de sustituir a unos por otros.

Pues bien, en este sentido se entiende y se acepta que haya cierta continuidad entre administraciones tras una elección que renueva equipos dirigentes. Incluso es plausible esta práctica cuando el staff de gobierno de una entidad como la UPC, no sólo se ha renovado, sino que ha modificado significativamente, como en el cambio Giró-Fossas.

Cierta unidad de criterio en lo básico es recomendable para cualquier institución. Pero el sentido común dice que la continuidad habría de ceñirse a aspectos de operativa rutinaria de la universidad, a técnicas de mantenimiento y de gestión, a cosas que no deben cambiar según los caprichos de quien gobierne.

Nuestro punto de vista es que en cuestiones de calado la distancia que había entre Fossas y Giró no se refleja en esta “legislatura”; salvo en pocos aspectos. Indudablemente, la transparencia ha mejorado y la relación con el vicerrectorado de Personal es fluida, sobre todo si se compara con algunos vicerrectorados anteriores caracterizados por la frialdad y el desdén sistemático a la dignidad de los profesores. Otros vicerrectores actuales parecen gente competente.

Es alarmante, sin embargo, que Enric Fossas, máximo representante de la estructura organizativa de la UPC, siga mudo o “missing” respecto los grandes retos que tiene planteados nuestra comunidad. Todo parece rodar como antes. A pesar de que su equipo y él mismo exhibían una actitud (a priori) diametralmente opuesta a la de Antoni Giró –en su manera de entender la universidad pública–, hoy la máxima “plus ça change, plus c’est la même chose” parece más vigente que nunca.

Sabemos que esta frase no la inventó Lampedusa, sino un periodista francés del siglo XIX, y sabemos que la pasividad ante las cuestiones de fondo de la UPC no la ha inventado Fossas. Pero nos gustaría que este Rector diera un paso adelante. Más que nada, por coherencia con el “mind set” que se le supone. A veces se tiene la impresión de que, por omisión, por un hábito mal entendido, por mera continuidad, etc., nuestro Rector padece, ideológicamente, un transtorno bipolar, que, eso sí, sobrellevaría con notable discreción. Ya nos dejó estupefactos, por inactividad, o por connivencia (llámale H), en los primeros momentos de su mandato, cuando dejó pasar un invento sobre la evaluación del profesorado que Giró y adláteres habían diseñado en su agonía. En Amical Universitaria continuamos perplejos respecto a este Frankestein de laboratorio: ¿Cómo se coló este rayo en el gabinete del doctor Fossas?

Por otro lado, sabemos que Enric Fossas no es Castellà ni es Jofre, especímenes políticos cuyos perfiles conocemos y conocíamos de antemano. Es decir: los medios se han recreado recientemente en los dilemas que preocupan mucho al Secretario General de Universidades (Junio 2015, prensa, radio, tv, red). Ni rastro, ni la más repajolera brizna, ni la más subatómica de las ideas sobre… el futuro de la universidad pública. No es un milagro: era y es algo previsible. Lo que en absoluto se explica –presuponiendo lo que se presupone sobre Enric Fossas– es que el rector se alinee tácitamente, por defecto, por omisión (llámale X), con este par de individuos, es decir, con una faceta particular de la llamada ‘doctrina Rajoy’ (respecto a lo fundamental): nos referimos a la estrategia de la boca prieta, la de no decir nada, la de callar e “ir haciendo”…

Esto ya es más grave. No se explica este talante de mínimos, salvo que nuestro magnífico rector esté padeciendo un conflicto psicológico de magnitudes desconocidas.

Igual que no se explica que el rectorado no haya respondido aún a una carta que le dirigió Amical pretendiendo aclarar ciertos capítulos presupuestarios que inquietan a algunos miembros de nuestra asociación.

Igual que, también, sigue sin explicarse el rompecabezas del traslado al Campus del Besós. La claridad es la cortesía del filósofo, pero es asimismo, y más en la UPC, la obligación del científico-tecnólogo. La claridad, por supuesto, es la exigencia profesional de un académico. ¿Y cómo se decodifica que los profesores de Urgel –por citar un elenco de docentes, investigadores, doctores, etc.–, no dispongan aún de ninguna explicación clara, entendible, sensata, razonable, respecto a este “movimiento” o sotrac tan importante de la institución? Los recientes amagos de dimisión del director de la EUETIB añaden ruido a un mensaje ya de por sí muy confuso.

¿Alguien ha formulado el ‘argumentario’ de este paso tan importante de la UPC de manera intelectualmente –y financieramente– creíble? Los problemas complejos requieren soluciones sencillas y de síntesis, y esta dificultad de comunicación (respecto del tema del Besós) se ha de afrontar. El grumo de intereses políticos, académicos, económicos, que se entrevé aquí tiene que disolverse en un algoritmo expeditivo, coherente, inteligible para todos.

Finalmente, y por último. El problema bipolar se enfatiza en otra clase de pasividad sobre la que –ya lo hemos comentado– ignoramos si es consciente y deliberada. Que el rector no muestre cierta agresividad ante la Generalitat, ni la más pequeña indignación ante –como mínimo– el par de señores mencionado, de una manera visible, se hace de difícil digestión para un observador externo. Y para uno interno, no hablemos, instalados los rigores del Rajoyato y del Postpujolismo en nuestro denostado marco académico. Partiendo de las coordenadas socioculturales que se le suponen al Rector, uno esperaría un patrón persistente, tozudo, incluso “militante” a favor del común de los mortales (léase: los miembros de a pie de nuestra alma mater), respecto al status quo.

La fraternidad es una nota distintiva de Amical; de ahí que deseemos lo mejor para nuestro rector. Pero intuimos que hay algo que no cuadra con su manera de pensar, con sus competencias (que son muchas), con la capacidad mediática de su cargo, etc. Aunque puede que seamos nosotros los que –en el paréntesis vacacional que se aproxima–, embarullados y desorientados por el bochorno, debamos acudir al diván del psicoanalista.

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