Amics de la Universitat Pública

Excelente (éste sí) artículo contra el concepto de Excelencia

Estamos trabajando en un estudio de la encuesta que lanzamos a la comunidad PDI de la UPC sobre el “Sistema de evaluación y régimen de dedicación” y pronto saldrán a la luz los resultados. Mientras tanto, el compromiso de estar atentos a la realidad universitaria local e internacional requiere por nuestra parte un esfuerzo adicional. Lo es porque hemos de compaginarlo con nuestra dedicación como profesores universitarios, principal tarea que nos deja vivir con una cierta dignidad (todavía), pero que ocupa la casi totalidad de nuestro tiempo.

Últimamente ha llegado a nuestro conocimiento un artículo cuyo título se podría traducir como “Excelencia por el sinsentido: la competición por publicaciones en la ciencia moderna”, de Mathias Binswanger. Se trata de un elocuente y riguroso texto donde podemos constatar obviedades como que “el número de notas no dice nada sobre la calidad de una partitura”, o leer en qué consiste “la táctica del salami” (una ironia prácticamente científica, por lo ajustado de la comparación), o bien qué son realmente “las olimpiadas de proyectos”.

Recomendamos vehementemente su lectura.

A modo de resumen, en el artículo se detalla y se critica la locura actual en las instituciones universitarias por la llamada “excelencia”. Comienza el texto con una explicación cronológica de cómo se pasa de una situación en que predomina la libertad para decidir líneas de investigación a otra donde la injerencia de los gobiernos es, al respecto, absoluta: son ellos quienes deciden las líneas de investigación a seguir; porque los investigadores han acabado convirtiéndose en unos sirvientes de los programas gubernamentales, los cuales -en otra metáfora- jalean a la chusma (académica) mediante competiciones artificiales.

Mathias Binswanger explica este cambio tan significativo (y, en un sentido, mortífero) siguiendo la evolución cronológica de las universidades occidentales.

Así, denuncia la deificación del sistema universitario norteamericano mediante la atención desmesurada a cuatro universidades punteras, ignorando decenas de universidades mediocres que pululan por todas partes en los EEUU. De esta glorificación tendenciosa ha surgido, eventualmente, el concepto de “excelencia”, y un seguidismo acrítico propiciado por unos medios poco formados y por unos políticos “idiotas” (en el sentido aristotélico del término), todo ello desembocando en que, al final, todos quieran ser como las cuatro mejores universidades de la Ivy League de Norteamérica.

En esa carrera loca por la excelencia se olvida que no todos pueden ser más excelentes que los demás. Para dar fuste a la competición desatada, se organizan unas luchas ilusorias entre universidades, que corren desesperadamente tras la hipotética y anhelada excelencia. La maniobra viene acompañada por la consecuente pérdida de prestigio de una gran mayoría de profesores, académicos e investigadores, lógicamente expulsados de unas “torres de marfil” donde unos señores aislados desarrollan actividades y trabajos de un tipo muy determinado, en particular los que responden a unas necesidades económicas inmediatas y a una aplicabilidad urgente.

Para conseguir los deseados fondos de investigación, se necesitan mediciones objetivas de la “excelencia”, y, consecuentemente, se han de implementar unos cálculos matemáticos muy sofisticados; cálculos que resultan, dicho con suave eufemismo, exóticos. Así pues, la competitividad se convierte en el objetivo máximo de la universidad para participar en esas peleas imaginarias, y se llega a hablar de verdaderas olimpiadas de proyectos y de publicaciones donde los premios no son medallas sino fondos de dinero contante y sonante.

El artículo de Mathias Binswanger desgrana a continuación aspectos de estas competiciones de carácter “olímpico”.

Describe con pertinencia el supuestamente “ideal” método de revisión por pares, y luego pasa a detallar sus múltiples perversiones: las citas estratégicas, las alabanzas infundadas (a personas, trabajos, propuestas, etc.), la prohibición de desviarse del cánon de las teorías establecidas, el cultivo pernicioso de la forma sobre el contenido, la disminución del anonimato gracias a las redes de expertos, e incluso la venganza de investigadores frustrados.

Binswanger pasa luego a describir y analizar la competición por los llamados ‘rankings’, en una escalera que se asciende mediante la maximización de publicaciones y citas, describiendo las sutiles estrategias que se encaminan a esta meta: por ejemplo, las “tácticas del salami”, que consisten en conseguir las lonchas más finas posibles para no gastar el salami demasiado rápido, o el incremento del número de autores por artículo, o la especialización sin límite, o, por supuesto, el fraude. Etc., etc.

El texto concluye detallando los efectos colaterales de esta producción (en masa) de sinsentido en la ciencia; uno de ellos, y no menor, es el surgimiento y la expansión de una nueva burocracia del derroche, algo que redondea la perfidia de todo el montaje.

Realmente, fantástico.

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